Estella-Lizarra ciudad

Estella-Lizarra


ciudad


Estella[1]​ (oficialmente Estella-Lizarra, en euskera: Lizarra) es un municipio español, ubicado en la zona media occidental de la Comunidad Foral de Navarra, cabecera de su merindad, del partido judicial n.º 1 de Navarra y de la comarca de Tierra Estella. Estella se encuentra asentada en un gran meandro del río Ega que se abre paso entre las montañas que la rodean por lo que es conocida como «La ciudad del Ega». Por ella pasa el Camino de Santiago en el tramo entre la capital de la comunidad, Pamplona, de la que dista 44 km, y Logroño, capital de La Rioja. Su población en 2017 era de 13 707 (INE). Su principal sector económico es el comercio que ocupa el 74% de su actividad económica. La ciudad fue fundada en torno al año 1090 por el rey Sancho Ramírez de Aragón y Pamplona[2]​ cerca del primitivo burgo de Lizarra, que había sido reconquistado según unos historiadores por Sancho Garcés I en el año 914 [cita requerida]. Cuenta con un importante patrimonio monumental, por el que es también conocida como la Toledo del norte, entre el cual destaca la iglesia de San Pedro de la Rúa, la de San Miguel, la del Santo Sepulcro y el Palacio de los Reyes de Navarra que es el único ejemplo de románico civil en la comunidad.[3]​ El núcleo de población de Lizarra, que ocupaba la ladera del Puy ya en el siglo X, frente a la frontera con el islam, es citado por primera vez en el año 958. También se citan los lugares del entorno como Zarapuz (en dos documentos apócrifos datados en el 989 y el 992) y Ordoiz. Ambos se localizan en tierra de Deyo, y hoy son despoblados agregados al barrio de Noveleta, situado al este de la ciudad, en la orilla derecha del río Ega. Consta que en ambos lugares se hallaban asentados a comienzos del siglo XI, sendos monasteriolos (monasterios pequeños) pertenecientes el primero a San Juan de la Peña y el segundo a Irache.[18]​ El primitivo burgo de Lizarra, supuestamente fue reconquistado por Sancho Garcés I en el año 914.[cita requerida] Se trataba de una «aldea señorial» con una población de siervos, protegida por un castillo y que contaba con una iglesia dedicada a san Pedro. Estaba bajo la jurisdicción del rey de Pamplona y era gobernada por un senior nombrado por él.[19]​ Su función primordial era la vigilancia y defensa de la frontera con el islam.[20]​ Tomando como punto de partida el enclave fortificado de Lizarra, el rey de Pamplona, Sancho Garcés I (905-925), extendió las fronteras por las tierras meridionales de Estella; de esta manera ocupó San Esteban de Deyo (Monjardín), que hasta la fecha había sido controlado por la estirpe muladí de los Banu Qasi, y fortificó Cárcar y Calahorra. El asentamiento navarro en la Rioja tenía especial valor estratégico, ya que a través de este territorio los Banu Qasi hacían sus incursiones contra el reino de León.[21]​ Se tiene noticia documental de que en 1076 se ha formado un burgo, al pie del castillo de Lizarra, del que no se da el nombre; pero al año siguiente, en 1077, aparece citado como Stella (Estella). Estaría poblado por gentes de diversa procedencia entre las figurarían francos, en buena parte procedentes del sur de Francia. Esta población, en 1084, estaba bajo la jurisdicción de Lope Arnal, que aparece citado como senior de Stella, lo cual implicaría el auge de Estella y el declive de Lizarra, donde hasta entonces había ejercido su autoridad el represente del monarca. Sancho Ramírez, «rey de pamploneses y aragoneses», concedió a las gentes del burgo de Estella un fuero con el objeto de consolidarlo y, para ello, garantizó a su pobladores sus propiedades y el libre comercio, al tiempo que les concedió concejo propio. No se conoce el documento otorgado por Sancho Ramírez, aunque está fuera de duda de que estaba relacionado directamente con el que este mismo monarca había concedido por aquellas fechas a los francos de Jaca. De cualquier manera el fuero de Estella debió de otorgarse entre 1076 y 1084.[22]​ En frente del barrio de los francos de San Pedro de la Rúa, en la otra orilla del río, enseguida se configuró un nuevo núcleo de población: el de San Miguel; el desarrollo de este barrio promovió la creación de otro situado más al Este, supeditado al primero, que se dio en llamar de San Salvador del Arenal. Al poco tiempo la población de la Estella medieval se expandió hacia el Oeste, junto al barrio de San Miguel, en un parral del rey de Pamplona que, con el tiempo, se configuró como el barrio de San Juan. El monarca navarro, en 1187, hizo extensivo a los habitantes del Parral, poblado por navarros y otras gentes, el fuero de los francos de San Pedro de la Rúa, y al año siguiente, en 1188, hizo otro tanto con los de San Salvador del Arenal. No está documentada la fecha en que los habitantes de San Miguel recibieron el fuero de San Pedro de la Rúa, pero cabe deducir que fue con anterioridad al Parral y a San Salvador del Arenal. En el siglo XIV, a causa de las guerras y la recesión económica, se produce una reducción de la población y, por este motivo, desaparece el primitivo barrio de San Salvador del Arenal. En lo sucesivo, la población de la actual Estella estuvo formada por tres concejos: el de San Pedro de la Rúa, el de San Miguel y el de San Juan. Cada uno de ellos, como era frecuente en la Edad Media, tenía su propio concejo, su parroquia, su mercado y definía sus límites con sus respectivas murallas.[23]​ Esta situación era fuente de conflictos y, por este motivo, en 1266 el monarca navarro y conde de Champaña Teobaldo II dispuso la constitución de un solo concejo para toda la villa de Estella, aunque debía estar formado por representantes de los tres barrios. Su situación en el Camino de Santiago provocó que se acercaran comerciantes y tratantes de toda Europa, principalmente francos y judíos, provenientes de las zonas francas de Le Puy y Tours, según han puesto de manifiesto recientes excavaciones y el estudio de templos y santos. El burgo de San Pedro de la Rúa se pobló de tiendas y hospederías, viviendo un auge económico que tuvo su reflejo en una importante actividad constructora; el primitivo núcleo comercial se transformó en un conjunto urbano bien definido en un breve espacio de tiempo, fue siempre un importante centro de compra-venta para mercaderes hebreos [cita requerida], limitado por cuestiones de superficie disponible. A partir del siglo XII se levantaron sólidos edificios, principalmente religiosos que, en palabras de Julio Caro Baroja, hicieron de Estella la «capital del románico navarro». En el siglo XIII, Estella era ciudad de mercaderes y poseía una famosa tabla de cambios. En 1354 existían allí seis hospitales de peregrinos. Aymeric Picaud, autor del Libro V del Codex Calixtinus, dicho la Guía del Peregrino, visitó la ciudad, mostrándose crítico con las gentes de la región, pero muy generoso con Estella: «Fértil en buen pan y excelente vino, así como carne y pescado, y abastecida de todo tipo de bienes». Alabó las cualidades del agua del Ega, «un río de agua dulce, sana y extraordinaria». Dice la tradición que el obispo de Patrás, en la región griega de Acaya, emprendió el Camino de Santiago en 1270, llevando en una caja la espalda entera del apóstol Andrés, que quería donar a Santiago. El apóstol Andrés había sufrido martirio en Acaya en el año 62, lo que explicaba su posesión por el prelado. Parece ser que murió en el anonimato en Estella y que fue enterrado en el claustro de la parroquia de San Pedro de la Rúa. Así, hoy en día San Andrés es copatrón de la ciudad, junto con la Virgen del Puy. Una tragedia familiar, acaecida en el castillo de Estella en 1274, cambió el rumbo de la Historia del reino de Navarra: el único hijo varón del rey, Enrique I de Champaña (1270-1274), murió al desprenderse de los brazos de su nodriza y precipitarse por la muralla. El monarca murió poco después y el Reino pasó a manos de su hija, Juana II, que solo tenía un año. Su matrimonio con el rey de Francia, Felipe IV el Hermoso, cambió la dinastía reinante en Navarra, que pasó de los condes de Champaña a los Capetos, reyes de Francia.[24]​ La presencia en Estella de una población judía se recoge documentalmente desde finales del siglo XI, pues en el fuero de los francos de San Pedro de la Rúa se hace referencia a las relaciones comerciales de los diversos grupos sociales entre los que figuran los judíos. La aljama, que tenía por nombre Elgacena, se situó en el barrio de San Pedro de la Rúa, en una ladera próxima al castillo de Zalatambor, donde contaba con su sinagoga, que posteriormente sería transformada en iglesia, la actual de Santa María de Jus del Castillo. La aljama de Estella, por su importancia demográfica y económica, se encontraba en el cuarto lugar en el Reino, después de las de Pamplona, Monreal y Tudela.[25]​ En 1154, el monarca de Pamplona, Sancho VI el Sabio (1150-1194) autorizó al obispo de Pamplona a recibir judíos en la ciudad y en Huarte, a los que concedió los mismos privilegios que disfrutaban los de Estella, al tiempo que precisó que en los siete primeros años la jurisdicción sobre ellos sería compartida por monarca y el obispo, y posteriormente solo por el obispo.[26]​ El siglo XIII marca el momento de mayor desarrollo de la judería de Estella, cuya población viene a representar el diez por ciento del censo de la villa, lo que equivaldría a la existencia de 110 familias judías. En la noche del 5 al 6 de marzo de 1328 Elgacena fue asaltada por vecinos cristianos, instigados por el fraile Pedro de Ollogoyen, del convento de franciscanos de la ciudad. Su población fue asesinada y sus propiedades saqueadas e incendiadas; entre las víctimas estaban los padres y cuatro hermanos del futuro poeta y rabino Menahem ben Aarón ibn Zerah, que fue herido pero sobrevivió.[27]​ Al asalto de la judería de Estella siguieron otros en distintas poblaciones de Navarra. En este momento en Europa se extendía la furia antisemita, que en Navarra se vio favorecida por el vacío de poder originado por el cambio dinástico de los reyes Capetos —Carlos el Calvo (1322-1328) fue el último monarca— a la de los condes de Evreux, cuyo primer monarca navarro fue Felipe III de Evreux (1328-1343).[28]​ El nuevo monarca de Navarra, Felipe III de Evreux, reprimió la violencia contra los judíos por cuanto suponía un factor de inestabilidad social entre sus vasallos, entre los que también figuraban los judíos, y un quebranto para la hacienda real, a la que contribuían con importantes aportaciones. En Estella, fray Pedro de Ollogoyen fue detenido y entregado a la justicia eclesiástica, cinco civiles participantes en la matanza fueron ahorcados, y se impusieron 10 000 libras de multas entre los responsables del asalto. Esta cantidad casi supuso la mitad de todas las multas impuestas en el reino de Navarra a los asaltantes de juderías. Elgacena ya no recuperó la población ni la actividad económica que disfrutaba antes del asalto de 1328. Casi tres décadas más tarde, en 1366, solo albergada a 89 familias, lo que suponía una cuarta parte de la población de Estella. En 1492 los Reyes Católicos expulsaron a los judíos que no aceptaran la conversión al cristianismo de sus reinos de Aragón y Castilla, y una parte de ellos se refugió en el de Navarra, cuyo monarca Juan III de Albret (1491-1512) les dio acogida; pero al cabo de seis años, en el verano de 1498, ante las presiones exteriores[cita requerida], decretó su expulsión. Se estima que solo el cinco por ciento de la población judía del reino de Navarra tuvo que salir forzosamente, ya que entretanto la mayoría se había convertido.[29]​ En el primer cuarto del siglo XIV comienza un periodo decadencia, debido fundamentalmente al enconado enfrentamiento entre dos facciones urbanas: la de los Ponces y la de los Learzas; las frecuentes medidas adoptadas por los monarcas para resolverlo fueron infructuosas, por otra parte, a este conflicto local, se sumó el que afectó a todo el Reino, se trata de la guerra civil entre los bandos agramontés y beaumontés, que alternativamente controlarán la población y que en buena medida provocará la invasión de Castilla en 1512. Entretanto Estella, como otras buenas villas, mantenía su presencia en las Cortes del Reino, además de su condición de capital de la Merindad. En las Cortes, dentro del brazo de las Universidades o buenas villas, se sentaba a continuación de Pamplona y, en consecuencia, antes que Tudela, lo que dio lugar a numerosos conflictos protocolarios a lo largo del siglo, en los que Estella aducía privilegios que se remontaban a 1328, a la ceremonia de la coronación de Juana II y Felipe de Evreux. Estella, que había había iniciado su trayectoria histórica con el rango de concejo, al cabo del tiempo adquirió el rango de villa y ahora, a finales del siglo XV, en torno a 1472, recibió el trato de ciudad.[30]​ Superada la grave crisis política de la guerra civil entre beaumonteses y agramonteses, que marca la Baja Edad Media, restablecida la paz tras la intervención armada que propició la conquista castellana de 1512, Estella pierde progresivamente su función de hito en el Camino de Santiago y refuerza su dimensión artesanal y comercial, al tiempo que incrementa sus vínculos económicos y administrativos con su comarca, la merindad. El gobierno municipal, el regimiento, se consolida, la ciudad se expande ya liberada de las murallas interiores y exteriores, y la guerra se aleja, pues en todo caso se sitúa lejos, en la frontera con Francia, y siempre con conflictos esporádicos y de baja intensidad. La conquista de Navarra en 1512 fue emprendida por Fernando el Católico, rey de Aragón y regente de Castilla, y para ello contó con el apoyo del bando beaumontés, liderado por el conde de Lerín. Por su parte el bando agramontés permaneció fiel a los reyes legítimos de Navarra, Catalina y Juan III de Albret. La oligarquía de la ciudad militaba en el bando agramontés y, en consecuencia, se opuso a la invasión castellana ofreciendo resistencia en el castillo de la ciudad, que finalmente, tres meses más tarde que Pamplona, el 30 de octubre de 1512, tuvo que rendirse, como el resto de las fortalezas del Reino. Hasta este momento había controlado la ciudad el agramontés Juan Remírez de Baquedano que, tras su rendición, fue reemplazado por el beaumontés Nicolás de Eguía.[31]​ Tras la capitulación, las familias agramontesas de la ciudad tuvieron que abandonarla y refugiarse, junto con sus monarcas, en las tierras del Reino situadas al otro lado de los Pirineos, al tiempo que el gobierno local pasó a mano de los beaumonteses, motivo por el cual el conde de Lerín abrió un suntuoso palacio en la calle de la Rúa, lo cual no impidió que el jefe del partido vencido, el agramontés, al cabo del tiempo, se instalara en la misma calle, en el Palacio de los reyes de Navarra, el edificio románico, «espléndido y tal vez único»,[32]​ construido en el siglo XII, que actualmente alberga el Museo Gustavo de Maeztu. Consumado el control de la ciudad, Fernando el Católico adoptó una política de apaciguamiento y de esta manera, dos años después de la invasión armada, le otorgó un trato fiscal favorable, consistente en el pago máximo anual de seiscientas libras de alcabala y cuarenta de cuartel. Estella, consciente de su privilegio, lo defendió siempre que se pretendió alterar en las Cortes del Reino de los siglos siguientes. El último intento de reconquista del Reino por su monarca legítimo, Enrique II de Albret (1503-1555), se produce en 1521, cuando un ejército franco-navarro al mando de André de Foix, señor de Asparrós, penetra en Navarra por Roncesvalles. Los habitantes de Estella obligan a rendirse a la guarnición castellana y se ponen al servicio del rey navarro. Se hicieron fuertes en el castillo, aunque tuvieron que capitular. La incursión sufrió una derrota definitiva en Noáin que supuso la consolidación definitiva de la conquista, el triunfo del bando beaumontés, y la renuncia de los reyes navarros a la recuperación de su territorio peninsular. Superados los años traumáticos de la conquista, paulatinamente se restablece la paz social en la ciudad, y comienza una etapa de crecimiento demográfico, económico y de especial relevancia cultural. A final del siglo XVI su población rondará los cinco mil habitantes, casi tantos como los que tuvo en su momento de esplendor a mediados del siglo XIII. La vieja ciudad medieval de los tres barrios ahora se urbaniza, cada barrio cuenta con una plaza para el mercado respectivo; la del viejo barrio de los francos ahora se adorna con una fuente que todavía pervive. Por su parte, calle de la Rúa empieza a perder importancia frente al desarrollo de la calle Nueva, la actual calle Mayor, que une los barrios más prósperos de San Miguel y de San Juan. La nueva burguesía construye suntuosos palacios renacentistas, como el de los San Cristóbal (actual Casa de Cultura), en el barrio de San Pedro de la Rúa, y el palacio de los Eguía (actual Biblioteca Pública), en el barrio de San Miguel. La educación primaria se amplía con el Estudio de Gramática, cuyos alumnos, procedentes de la ciudad y de la comarca, salen preparados para ingresar en las universidades de Castilla o Francia, ya que Navarra carece de esta institución. Este centro docente se mantuvo activo hasta el siglo XVIII. Finalmente, un hijo de la ciudad, el fraile franciscano Diego de Estella (1524-1578), estudiante en las universidades de Toulouse y Salamanca, alcanzó una posición privilegiada en la corte de Felipe II y sus libros de ascética, especialmente el Tratado de la vanidad del mundo (1562), tuvieron enorme éxito dentro de España y fuera, con ediciones en París, Londres, Colonia y Venecia. En 1524 el Regimiento, a instancias del virrey, acordó erigir un Hospital General en el que se integraron los seis pequeños hospitales que en aquel tiempo funcionaban independientemente, sufragados por parroquias y cofradías.[33]​ Estuvo en funcionamiento como hospital, maternidad y hospicio, al menos, hasta el siglo XIX. Durante los siglos XVI y XVII se fue consolidando el sistema de gobierno municipal: el Regimiento de la ciudad se elegía anualmente, por insaculación, según un sistema de representación en el que participaban por igual los vecinos de las parroquias de San Pedro, San Miguel y San Juan. Esta corporación estuvo formada por un alcalde, 6 jurados y 6 regidores. Ocasionalmente, en el siglo XVI, los vecinos se convocaban agrupados por quiñones, según un procedimiento de consulta ya contemplado en las Ordenanzas Municipales de 1280. La organización del Regimiento se regulaba mediante las ordenanzas de 1520, que sustituían a las concedidas en 1407. Más adelante, en 1535, 1544,[34]​ 1621, 1645 y 1670 se introdujeron novedades en la organización, composición y funcionamiento del municipio y que, además, tenían por objeto garantizar el orden y la moralidad, controlar el precio de los productos básicos, la represión del juego o la limpieza de espacios comunes. La peste bubónica azota a Estella con regularidad, como sucede en buena parte de Europa. Se tiene noticia de su presencia en 1530 y de las medidas de aislamiento que se adoptaron para evitar que se contagiara la población, entre las que destacó el cierre de todas las puertas de la muralla y el traslado de los enfermos y sanitarios fuera de la ciudad. En marzo de 1599 la peste bubónica hace de nuevo presencia en Estella. En esta ocasión, al parecer, se inició en Flandes y llegó de Guipúzcoa para después extenderse a Puente la Reina y a Pamplona; posteriormente se difundió por Castilla. En Estella se suscitó un conflicto en el regimiento porque el personal sanitario se había saltado las normas de aislamiento y había contagiado mortalmente a algunas familias. Como era habitual en esta coyuntura, se quiso sacar a los enfermos y médicos fuera de la ciudad e instalarlos en el convento de la Merced, aunque finalmente no se pudo.[35]​ La imprenta en Navarra se instala definitivamente después del breve periodo protagonizado en la capital del Reino por Arnao Guillén de Brocar, con la apertura, en 1546, de un taller en Estella promovido por Miguel de Eguía, natural de Estella, que tenía una larga experiencia como impresor y editor en Alcalá de Henares, donde había trabajado a las órdenes de Brocar, su suegro. Miguel de Eguía murió al poco de poner en marcha su taller y, en 1547, le sucedió al frente del mismo Adrián de Amberes. Este, en 1568, trasladó su negocio a Pamplona, reclamado por las Cortes y el ayuntamiento de la ciudad. Hasta avanzado el siglo XIX Estella no volverá a tener imprenta. Al terminar la Primera Guerra Carlista, Vicente Zunzarren, en torno a 1840, abrió un taller en la calle Mayor que se mantuvo activo hasta finales del siglo XX. Una vez que Navarra fue incorporada a la corona de Castilla, las fortalezas del reino que no estuvieran en la frontera con Francia, el primer enemigo de la monarquía española, perdieron valor estratégico. El castillo medieval de Estella contaba con una pequeña guarnición que no superaba el medio centenar de soldados y su función militar, por lo explicado, perdía sentido a medida que se afianzaba la presencia castellana y, sobre todo, porque en Pamplona, la capital de Reino, se construía una enorme y moderna ciudadela proyectada para rechazar cualquier invasión procedente del otro lado de los Pirineos.[36]​ Por estos motivos, en 1572, siendo virrey Vespasiano Gonzaga, se decretó el derribo del castillo que se levantaba sobre el antiguo barrio de los francos. La demolición provocó que cayeran cascotes sobre las edificaciones situadas a sus pies, en especial sobre el claustro románico de San Pedro de la Rúa, cuya nave Este quedó destruida. El 8 de octubre de 1523 el emperador Carlos I visitó la ciudad de Estella. Se dirigía con un potente ejército a Fuenterrabía, que había caído en poder de los franceses. El emperador llegó por la tarde, siendo recibido por las autoridades de la ciudad con su alcalde a la cabeza, el beaumontés Nicolás de Eguía; todos ellos estrenaban trajes para la recepción con cargo al presupuesto de la ciudad. Los regidores y el pueblo recibieron al monarca en la Puerta de Castilla, en el límite del término municipal. El alcalde le ofreció la llave de la ciudad y en su breve discurso celebró la «muy aventurada venida» del Emperador; a continuación Carlos I se dirigió bajo palio, estrenado para esta ocasión, hasta la iglesia de San Pedro de la Rúa, donde, a petición del alcalde que permanecía arrodillado, juró los fueros y privilegios de la ciudad. El 17 de noviembre de 1592 Felipe II, acompañado de su primogénito, el futuro Felipe III, que tenía catorce años, se detiene en Estella, procedente de Tarazona y camino a Pamplona. El monarca, muy enfermo de gota, prematuramente envejecido a los sesenta y cinco años, llega exhausto a la ciudad en una tarde de nieve. El regimiento hizo un esfuerzo importante para la recepción del monarca; a tal fin arregló el camino que iba a Irache, empedró la Plaza de San Martín, donde se encontraba la casa de la ciudad, encargó arcos triunfales, luminarias, música, 18 toros comprados en Tudela y vino a discreción, aunque lo que más sorprendió fue una serpiente monstruosa «que echaba fuego y cohetes por la boca». El gasto fue enorme: se estimó en 5000 ducados, que hubo que añadir a los 20 000 de déficit que ya soportaba la ciudad. La solemne recepción se suspendió por el mal tiempo, el retraso de la comitiva real y el mal estado de Felipe II, que, sin protocolo, se dirigió directamente a descansar en su alojamiento. Al día siguiente, juró apresuradamente los fueros de la ciudad y salió rumbo a Pamplona.[37]​ El cronista del viaje real, el escocés Enrique Cock, se llevó una impresión excelente de la ciudad, hasta el punto de escribir que «no hay en España lugar que sea mejor a mi parecer»; por otro lado, le llamó la atención que: El siglo XVIII muestra su prosperidad en Estella en la nueva casa consistorial que se levanta en la plaza de San Martín, en el antiguo barrio de los francos. En este lugar desde el siglo XII existía una capilla dedicada a San Martín, que obviamente dio nombre a la plaza, en la que, a toque de la campana, se reunía el concejo; más adelante, en el siglo XVI, se amplió con una sala para las sesiones municipales. Pero, al cabo de los años y tras numerosas reparaciones y ampliaciones, su estado ruinoso obligó al regimiento, en el siglo XVIII, a construir el edificio barroco que preside la plaza y que actualmente alberga la oficina de turismo. Por otra parte, al nutrido conjunto de conventos de monjas y frailes que desde el siglo XIII se extiende por la ciudad y sus cercanías, se incorpora el majestuoso edificio de las recoletas descalzas, inaugurado en 1731 con monjas llegadas del convento de Ágreda. Con el siglo XVIII se cierran tres siglos de estabilidad política, en los que la ciudad contó con una administración municipal cada vez más eficiente, ejerció su función de capital de la comarca, su trama urbana creció paulatinamente y se adornó con edificios barrocos. Hasta ella no llegó la violencia y destrucción de la Guerra de Sucesión (1701-1715) ni, más adelante, la de la Convención Francesa (1793-1795), que, sin embargo, sí afectaron a otros lugares del reino de Navarra. El siglo XIX es un periodo especialmente dramático en la historia de Estella: al largo conflicto de la Guerra de la Independencia (1808-1814) que aquí, por la posición estratégica que ocupaba en la ruta de Pamplona a Logroño, tuvo especial incidencia, le sucedieron las dos guerras civiles suscitadas por la sublevación carlista (1833-1839 y 1872-1876) en las que la ciudad tuvo un protagonismo excepcional al acoger la corte del pretendiente carlista. Las guerras dejaron una ciudad empobrecida y fracturada ideológicamente, que se recuperaría paulatinamente a finales de la centuria. La primera manifestación en Estella del inicio de la Guerra de la Independencia tiene lugar en una fecha temprana: el 3 de junio de 1808, un mes después de la sublevación de Madrid. Ese día se lleva a cabo una requisa de armas para luchar contra las tropas de Napoleón y, poco después, se formarán seis compañías de voluntarios que tomarán posiciones en Lorca para impedir que los soldados franceses lleguen a Estella y sofoquen la sublevación. En los cuatro años siguientes la ciudad pasa alternativamente a manos de franceses y navarros, con la insufrible secuela de fusilamientos, secuestros, destierros, saqueos, incendios y multas. El 13 de julio de 1810 Francisco Espoz y Mina detiene en Estella al guerrillero de Corella Pascual Echeverría, con el que se disputa el control de las partidas de Navarra, y ordena fusilarlo en las tapias del monasterio de Irache. En lo sucesivo, Espoz y Mina mandará todos los grupos guerrilleros que actúan en el territorio navarro y que acabarán encuadrados en la División de Navarra. En 1813 el frente se ha alejado definitivamente de la ciudad, que mantiene un hospital de sangre, y el 31 de julio de ese mismo año, a instancias del Jefe Político de Navarra, jura la Constitución que las Cortes habían aprobado el año anterior en Cádiz.[38]​ Tan solo han transcurrido seis años desde la terminación de la Guerra de la Independencia (1814) cuando la violencia vuelve a conmover a Estella. La sublevación de Rafael del Riego (1820) había restaurado la Constitución de 1812, de corte liberal, lo que produjo el rechazo de los partidarios del absolutismo. En Estella el 9 de abril de 1822 se produjeron tumultos, promovidos por los absolutistas, que se saldaron con la muerte de un paisano por los disparos de la milicia encargada de sofocarlos. Poco antes, el 19 de marzo, en el aniversario de la proclamación de la Constitución, en Pamplona, por el mismo motivo, habían muerto cinco soldados y dos civiles.[39]​ De los desórdenes se pasó a la guerra abierta entre absolutistas y liberales, la denominada Guerra Realista (1822-1823). En Estella tuvo especial incidencia, a raíz del control de la ciudad, el 14 de abril de 1822, por 1500 voluntarios realistas al mando de Juan Antonio Guergué.[40]​ Fue después de un encarnizado enfrentamiento con la reducida tropa liberal que, tras sufrir la voladura del fuerte en el que se habían refugiado, huyó a Álava. Inmediatamente fueron saqueadas las propiedades de los liberales más significados de la localidad.[41]​ La intervención de tropas enviadas por Santa Alianza en abril de 1823, los Cien Mil Hijos de San Luis, dio fin a la guerra y restableció el absolutismo en toda España. La primera guerra carlista se produce a la muerte del último monarca absolutista, Fernando VII, el 29 de septiembre de 1833. Tuvo su origen en la pretensión de los sectores más reaccionarios de colocar en el trono a Carlos María Isidro, hermando del rey difunto, en contra de la sucesión legítima, que correspondía a la hija del monarca, Isabel II, apoyada por los liberales. A la sazón tenía tres años y su madre, María Cristina de Borbón, ejercía la regencia. Inmediatamente se organizan en Estella las primeras partidas absolutistas, llamadas «carlistas» por apoyar a Carlos María Isidro, y se ponen al mando de Santos Ladrón de Cegama. Este, en la primera escaramuza con las tropas gubernamentales, es hecho prisionero e inmediatamente fusilado en Pamplona el 13 de octubre. Hacía dos semanas que había muerto Fernando VII y el conflicto político y bélico ya se había desatado en Estella. A pesar del estrepitoso fracaso de Ladrón de Cegama, Estella continúa siendo el centro de la sublevación: aquí, el 14 de noviembre de 1833, el coronel Tomás de Zumalacárregui, en el transcurso de una parada militar celebrada en la plaza de San Francisco, es nombrado comandante general de la División de Navarra en la que se encuadraban los absolutistas sublevados. A partir de ese momento, al igual que había sucedido en la Guerra de la Independencia, la ciudad estará alternativamente bajo el control de los contendientes: los liberales, también llamados «isabelinos» y «cristinos» (1834) y los absolutistas o «carlistas» (1835). Carlos María Isidro, el pretendiente al trono, entrará triunfante en Estella el 31 de julio de 1835, y por este motivo la ciudad será llamada «Cuna de la Restauración», se entiende por la restauración del absolutismo. La presencia de la corte y las tropas carlistas será enormemente gravosa para la ciudad, que forzosamente ha de contribuir a su alojamiento y manutención. Por este motivo, a primeros de 1836, sufre gran escasez de alimentos básicos. También falta dinero y, en consecuencia, las tropas carlistas, enfurecidas por no cobrar la soldada, se sublevan del 6 al 11 de mayo de 1838. La insubordinación de los combatientes, la escasez de suministros y el acoso del ejército gubernamental obligaron al pretendiente carlista, Carlos María Isidro, a abandonar Estella el 30 de agosto de 1836. Tras seis años de guerra, en 1839, el ejército carlista está en retirada y sus dirigentes se encuentran divididos entre los partidarios de la guerra hasta el final y los de una rendición con condiciones. El general Rafael Maroto promueve la segunda alternativa y, para acabar con la facción más intransigente, congrega a sus principales dirigentes en Estella, los detiene e inmediatamente los manda fusilar por la espalda, como a traidores. Así, el 18 de febrero de 1839, en una era próxima al santuario del Puy, fueron pasados por las armas seis significados carlistas contrarios a la rendición. De esta manera quedó libre el camino hacia la paz, que se materializó, cinco meses más tarde, en el llamado Abrazo de Vergara, protagonizado por el vencedor, el general Baldomero Espartero, y el vencido, el general Rafael Maroto.[42]​ La Segunda Guerra Carlista, también llamada Guerra de los Matiners, se concentró fundamentalmente en Cataluña y, en consecuencia, no tuvo incidencia en Navarra, salvo algunos episodios armados registrados en 1847 y 1848, que siempre se saldaron con la derrota de los carlistas. Esta contienda no afectó a Estella.[43]​ Todo lo contrario sucedió en la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), en la que Estella, como sucedió en la primera contienda, volvió a ocupar un lugar destacado al albergar la corte del pretendiente carlista, Carlos VII, y, por este motivo, fue considerada como la «Ciudad Santa del Carlismo».[cita requerida]Las hostilidades comenzaron a registrarse en Estella en enero de 1873, con esporádicos ataques carlistas que culminaron en agosto, cuando la ciudad cayó en manos de las tropas sublevadas, después de haber dinamitado el convento de San Francisco, en el que habían opuesto resistencia trescientos soldados. Los intentos de recuperar la ciudad fracasaron estrepitosamente en la batalla de Abárzuza, que tuvo lugar en las inmediaciones de Estella entre el 25 y 27 de agosto de 1874. El ejército liberal, integrado por 50 000 soldados,[cita requerida] sufrió una rotunda derrota, que costó la vida a su general Manuel Gutiérrez de la Concha. La noticia del descalabró conmocionó la política nacional y tuvo eco en la prensa internacional. La victoria de Abárzuza animó al pretendiente carlista, Carlos VII, a instalar su corte en Estella, como en su día hizo Carlos María Isidro. Al cabo de dos años, la iniciativa de la contienda la lleva el ejército gubernamental: el 19 de febrero de 1876 tomó el fuerte situado en Montejurra, al sur de Estella, desde el que se controlaba el camino a Castilla, lo que permitió la toma de la ciudad al día siguiente por las tropas liberales, mandadas por el general Fernando Primo de Rivera y Sobremonte, tío del dictador Miguel Primo de Rivera (1923-1929), que por este motivo recibió el título de Marqués de Estella. Pocas semanas después, el 4 de marzo, el rey Alfonso XII, con diecinueve años y poco más de un año de reinado, dentro de una ruta por los principales lugares de la contienda, hizo entrada solemne en la ciudad.[38]​ La Tercera Guerra Carlista tuvo gran repercusión en la sociedad y, en consecuencia, en la literatura, que se hizo eco de la contienda y sus protagonistas. Entre otros, es el caso de Unamuno con Paz en la guerra (1897), Valle Inclán con la Sonata de invierno (1905) o Pío Baroja con Zalacaín el aventurero (1908). Por estas fechas Estella tiene unos 5700 habitantes, es la tercera población de Navarra, después de Pamplona y Tudela. La tendencia demográfica es negativa: mueren más personas de las que nacen. El trabajo es escaso y los jóvenes emigran en busca de mejores opciones.[44]​ Las gentes trabajan en el campo, en pequeñas propiedades, en el comercio de ámbito local y comarcal, una actividad que se remonta a la consolidación del Camino de Santiago en el siglo XI, y por último en los modestos talleres artesanales de zapateros, ebanistas, latoneros, curtidores, tejedores, alfareros, boteros o cereros. Estella, que ha desempeñado un papel destacado en las guerras carlistas, es profundamente conservadora, con una burguesía que de manera unánime sostiene y defiende esta ideología y que garantiza su presencia en el ayuntamiento, en la diputación provincial y en el Congreso de los Diputados. Conservadores, como el abogado y literato Enrique Ochoa Cintora,[45]​ y carlistas, como el también abogado Ulpiano Errea Llorente, controlan las instituciones. Los primeros obtienen más representantes que los segundos. Estella, como tantas otras poblaciones de la época, es profundamente clerical. Tiene tres parroquias, que llevan siglos disputando entre ellas por la primacía, cuenta con las capellanías de la Virgen del Puy y del Hospital de Santa María de Gracia, y, por otra parte, a pesar de las desamortizaciones, todavía alberga los conventos de capuchinos, recoletas, benedictinas y clarisas. Más recientes son los colegios de los escolapios y de las hermanas de la caridad. El progreso paulatinamente se va haciendo realidad: en las fiestas patronales de 1890 se pudo disfrutar de la iluminación eléctrica. El servicio de agua corriente y de alcantarillado se proyecta en 1899 y el cine llega por esas fechas, aunque sea el ambulante de Vitoriano Flores, que asombra con las proyecciones que trae para la feria de san Andrés. Durante la Segunda República se creó el denominado Estatuto de Estella o Estatuto Vasco-Navarro, que fue un proyecto de Estatuto de Autonomía conjunto para las provincias de Álava, Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya. Sobre un primer borrador de la Sociedad de Estudios Vascos, la asamblea de alcaldes vasco-navarros celebrada el 14 de junio de 1931 en Estella, con mayoría de carlistas y nacionalistas vascos, aprobó un proyecto que reservaba a la futura región autónoma las relaciones con la Iglesia, lo que llevó al político socialista Indalecio Prieto a manifestar que lo que se quería era establecer un Gibraltar vaticanista. En la asamblea de los ayuntamientos realizada en Estella, de los 220 ayuntamientos navarros presentados, 200 apoyaron el Estatuto vasconavarro (89,93 % de la población).[46]​ Dicho estatuto fue refrendado en asamblea celebrada en Pamplona el 10 de agosto; sin embargo, la aprobación de la Constitución de la República Española de 9 de diciembre de 1931 hace fracasar ese primer proyecto. Se redactó otro ajustado a las disposiciones constitucionales, pero fue rechazado para Navarra en una polémica asamblea celebrada en junio de 1932, por lo cual siguió su tramitación como estatuto solamente para las tres provincias Vascongadas, siendo finalmente aprobado en 1936, ya iniciada la Guerra Civil Española. Fortunato Aguirre era el alcalde de Estella por el Partido Nacionalista Vasco cuando sucedió el alzamiento militar de 1936. Fue uno de los fundadores de Osasuna, alcalde de Estella y miembro del Napar Buru Batzar (NBB), que es la junta directiva del PNV en Navarra, presidida entonces por José Agerre. También fue el fundador de la ikastola de Estella. En los meses anteriores al comienzo de la Guerra Civil española, el alcalde tuvo conocimiento de la conspiración que preparaba el gobernador militar de Navarra, el General Mola, e incluso de que en el monasterio de Iranzu había escondido un arsenal de armas y se llevaban a cabo reuniones entre los conspiradores, de lo cual avisó repetidamente al Gobierno de la República. También tuvo conocimiento de la reunión que, el 16 de julio de 1936, tuvo lugar en el monasterio de Irache entre el general Mola y el general Batet, general en jefe de la VI División Orgánica de Burgos, por iniciativa de este último, en la que trató de averiguar si Mola estaba implicado en la conspiración que se estaba preparando, e incluso le pidió su palabra de honor de que no iba a sublevarse. Poco después tuvo lugar el levantamiento, siendo apresado Fortunato Aguirre el mismo 18 de julio por los sublevados, conducido hasta las cercanías de Pamplona y fusilado el 29 de septiembre de 1936. José Antonio Primo de Rivera, que fundó Falange Española a finales de 1933, fue detenido en abril de 1936, y fusilado el 20-N-1936, era marqués de Estella. También en esta ciudad tuvo lugar el Pacto de Estella (Lizarrako Akordioa) de 1998. El frente nacionalista se formalizó con la firma del Pacto de Estella firmado el 12 de septiembre de 1998 por PNV, EA, HB, IU, EKA, Batzarre, siete sindicatos y nueve organizaciones sociales. Promulgaba la negociación política como única solución al llamado «conflicto», invocando como referente el Acuerdo de Viernes Santo firmado en Irlanda del Norte en abril de 1998. Según Vázquez Montalbán, los firmantes de Estella estaban «convencidos de la parálisis política que afectaba al PP y al PSOE en el tratamiento del problema vasco y de que el PP dependía de las ayudas del PNV en el Parlamento español, los firmantes de Lizarra forzaron la tuerca del soberanismo y plantearon con toda claridad el objetivo de la autodeterminación y de una negociación política con ETA».[cita requerida] La firma de este pacto impulsó la tregua de ETA de 1998 y los posteriores fallidos contactos del Gobierno del Partido Popular presidido por José María Aznar con la organización terrorista. Sin embargo, el 21 de enero del 2000, ETA volvió a asesinar. No hubo condena por parte de Herri Batasuna, lo cual produjo la extinción de la colaboración propiciada por el Pacto de Estella.

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